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A mí también me ha plagiado Bryce

Uno de los libros más divertidos que he leído en mi vida es “La vida exagerada de Martín Romaña” del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique. Martín Romaña me sirvió, hace ya más de veinte años, para descubrir a un autor que durante un tiempo se convirtió en unos de mis favoritos y para hacer tres maravillosos amigos: Carlosdes, Carloto y Pepe, que, además, aún lo siguen siendo. Así que a Bryce le debía eso y los magníficos ratos que me ha hecho pasar con sus libros.
Si la cosa quedara ahí no sería nada digno de contar ni en este blog ni en ningún otro sitio pero acabo de descubrir que Bryce Echenique se ha cobrado mi deuda y eso sí que lo convierte en algo diferente.
Hace unos días recibí un email de María Soledad de la Cerda, profesora de Periodismo de la Universidad del Desarrollo de Santiago de Chile en el que me informaba de que estaba haciendo una investigación sobre el escritor peruano ya que había descubierto que algunos de los artículos que ha publicado en los últimos años eran plagios de artículos de otros autores, entre ellos, yo. Me enviaba el que Bryce había publicado en la revista mexicana Nexos cuyo título es “1905, el año maravilloso” y me pedía que le confirmara si tenía algo que ver con un artículo mío publicado un año antes en la revista Jano con el título “1905, el año maravilloso”. Y sí, el artículo de Bryce es casi textualmente mi artículo, un texto de divulgación científica sobre el año en el que Einstein hizo algunos de los trabajos más importantes para el conocimiento actual del universo.
Así que tras el estupor inicial llegué a dos conclusiones, el artículo debía de ser bueno puesto que un gran escritor como Bryce se limitó a quitar mi nombre, poner el suyo y mandarlo a una prestigiosa revista y, dos, el peruano se había cobrado la antigua deuda que yo tenía con él. Lo que me desconcierta es que no sé cómo se enteró de lo de la deuda.

Ahí os dejo el artículo doblemente publicado, supongo que doblemente cobrado pero no doblemente trabajado:

1905, el año milagroso
"Hay una persona que claramente destaca al mismo tiempo como la mente más despejada y la figura más popular de nuestra era: el amable y absorto profesor cuya aureola de cabello indomable, ojos penetrantes, comprometida humanidad y extraordinario brillo han hecho de su rostro un símbolo y de su nombre un sinónimo de genio: Albert Einstein". Con estas palabras explicaba el 31 de diciembre de 1999 el semanario norteamericano Time la razón por la que había elegido al científico como "personaje del siglo".

Es cierto que Einstein se ha convertido en un icono, el icono de la ciencia, pero también el de cierta forma de rebeldía de pensamiento cada vez más escasa. En 1905, Albert Einstein era un trabajador de la oficina de patentes de Berna, Suiza, que dedicaba todo su tiempo libre a la ciencia. Ese año escribe y publica cinco artículos que cambiarían el universo, o al menos la forma en que la ciencia lo contempla.

Uno de aquellos trabajos interpretaba el efecto fotoeléctrico con la hipótesis de que la luz estaba formada por cuantos individuales que más tarde serían llamados fotones. Por ese trabajo sobre la naturaleza de la luz recibió Einstein el Premio Nobel de física en 1921.

Otros dos trabajos que publicó ese año sentaban las bases de la relatividad especial. Esta teoría establece la equivalencia entre la energía y la masa, que es la que responde a la ecuación más famosa de todos los tiempos: E=mc2.

Si la relatividad especial es importante para la ciencia, aún tenía que llegar la teoría de la relatividad general en la que Einstein trabajó a partir de 1914 y que publicó en 1916.

Después de haber igualado energía y masa, el sabio alemán fue mucho más lejos y se cargó la idea que se tenía sobre el espacio y el tiempo. Desde Newton, el espacio y el tiempo eran dos escenarios en los que se había formado el universo y que eran entonces anteriores a él, pero la teoría de la relatividad dice que no. Para empezar, son una única realidad espacio-tiempo y, en palabras del propio formulador de la teoría:

"Tiempo y espacio son modos en los que pensamos y no condiciones en las que vivimos". El tiempo y el espacio dejan de ser los valores newtonianos absolutos, diferenciados e inmutables. Hay una forma muy sencilla de entender la unión de espacio y tiempo, sólo hay que mirar el espacio: sólo hay que mirar el cielo por la noche. Las estrellas que vemos están muy cerca de nosotros, en el espacio y en el tiempo.

Cuando observamos la galaxia M31, la galaxia espiral más próxima a la nuestra, a la Vía Láctea, lo que vemos está a dos millones de años luz de distancia en el espacio y en el tiempo que, en este caso, cuando las distancias son tan grandes, sí somos capaces de apreciar que son una misma realidad. Esa luz que vemos esta noche salió de la galaxia cuando aún no había homo sapiens sobre la Tierra.

O, como decía Einstein, imaginemos... Si pensamos en un viaje en el tiempo entendemos fácilmente que espacio y tiempo están unidos. Imaginemos que podemos viajar a la velocidad de la luz o más rápido. Eso significa que podríamos viajar en el tiempo. Para volver atrás en la Tierra sólo tendríamos que transportarnos a la velocidad de la luz muy lejos en el espacio, lo que sería muy atrás en el tiempo y, después, desde ese punto lejano y antiguo, volver a la Tierra que también sería lejana y antigua.

Claro que nunca podremos hacer ese viaje más rápido que la luz y lo sabemos también gracias a la teoría de la relatividad. Nada va más rápido que la luz y, además, la velocidad de ésta es constante, aproximadamente 300 mil kilómetros por segundo. Y, aunque así formulada, esa cuestión que todos tenemos oída desde la escuela parece de sentido común, lo cierto es que si pensamos en ella no lo es, y por eso la teoría de Einstein resultó tan sorprendente, porque desafiaba la imagen que tenemos del mundo.

Un pequeño acertijo sirve para entenderlo: imaginemos un automóvil que avanza a 20 kilómetros por hora y lleva luces delanteras y traseras. ¿Cuál de las luces se moverá más rápido? Si nos basamos en la mecánica de Newton, la respuesta sería que las delanteras, ya que a la velocidad de la luz, 300 mil kilómetros por segundo, habría que sumarle la velocidad del automóvil, 20 kilómetros por hora. Pero lo que demostró Einstein es que no es así, sino que ambas luces se mueven a la misma velocidad, 300 mil kilómetros por segundo, y no se puede conseguir que la luz -ni nada- vaya más rápido que eso.

Una vez formulada y demostrada, en parte, la "teoría de la relatividad general", Einstein dedicó lo que le quedaba de vida, que era mucho ya que falleció en 1955 a los 76 años, a buscar una teoría unificadora, una ley física que sirviera para unir las existentes. No lo consiguió. Todavía hoy hay muchos físicos que trabajan en ello, pero quizás haya que esperar a que aparezca otra mente privilegiada para que lo resuelva y, nuevamente, cambie la visión del universo.


14:41 | victtoro | 0 Comentarios | #

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